Piensa en la última vez que dudaste de ti.
Probablemente no fue porque te faltara capacidad, sino por lo que te dijiste: «no puedo», «seguro que la lío», «la última vez salió mal». Damos por hecho que la confianza es algo con lo que se nace, o que depende de que las cosas salgan bien. Y ninguna de las dos es verdad.
La confianza se entrena
Nate Zinsser lleva décadas ayudando a deportistas y profesionales a rendir bajo presión — dirigió el programa de psicología del rendimiento de West Point, la academia militar de EE. UU. En su libro The Confident Mind (2022) la define de una forma que a mí me ordenó la cabeza: la confianza es una certeza tranquila en tu propia capacidad, tan asentada que te deja actuar sin darle mil vueltas.
Y — esto es lo importante — es una habilidad. Se entrena, como cualquier otra. Igual que el cuerpo: nadie sale de serie con resistencia; se construye sesión a sesión. Con la mente pasa exactamente lo mismo.
Tu cuenta bancaria de confianza
Su imagen favorita, y la mía desde que la leí, es esta: tu confianza es una cuenta bancaria. No un saldo fijo, sino uno que cambia a cada momento.
Cuando recuerdas algo que hiciste bien, un avance, un esfuerzo que valió la pena, ingresas. Cuando revives el error de ayer una y otra vez, o adelantas todo lo que podría salir mal, retiras.
Casi nadie se da cuenta de cuánto dinero saca de su propia cuenta cada día, gratis, solo por la forma en que se habla.
No es lo que te pasa: es cómo te hablas
De ahí sale la frase que resume el libro entero: la confianza tiene poco que ver con lo que te pasa, y casi todo con cómo piensas sobre lo que te pasa.
Ante el mismo hecho — una reunión regular, un proyecto a medias — puedes quedarte con lo que aprendiste o con el palo. Las dos lecturas son «verdad»; pero una ingresa y la otra retira. Elegir bien esa interpretación, dice Zinsser, es la habilidad mental más importante que existe.
A mí me pasó con las mentorías: «¿quién soy yo para acompañar a otras personas?». Era puro síndrome del impostor. Cambió cuando dejé de arrancar cada reto recordando lo que había salido mal y empecé a arrancar recordando lo aprendido en mis aciertos y, sobre todo, en mis fracasos… porque me di cuenta de que precisamente eso es lo que más puede ayudar a alguien que está pasando por lo mismo.
Cómo llenar la cuenta a propósito
Con un ejercicio tan simple que da hasta pereza, y que funciona:
Escribe tus diez orgullos. Coge papel y apunta las diez cosas de las que estés más orgulloso. Tus diez. Ponlas donde las veas cada día.
Añade debajo tu próximo objetivo. Y mira cómo lo que ya lograste es el combustible de lo que viene.
Háblate en presente. No «ojalá fuera capaz», sino «soy capaz». Personal, positivo, presente.
Busca la excelencia, no la exijas
Una última pieza, por si te exiges mucho: cuidado con el perfeccionismo. Un poco es necesario — es la sal que empuja a mejorar. Pero castigarte por cada error es la forma más rápida de vaciar tu cuenta.
Como dice Zinsser: busca la excelencia, pero no la exijas. Acepta que eres humano; ahí empieza la calma.
Esta semana, tres gestos
Escribe tus diez orgullos. Cambia una interpretación negativa por una útil. Y háblate como le hablarías a alguien a quien quieres.
Empieza a ingresar.
Y si quieres entrenar esto acompañado y con método, es justo lo que hacemos dentro del Campus de ReAcCioNa.
Reflexiona · Actúa · Crece Marc