No tenía que estar ahí.

El 9 de mayo de 2026 me planté en la orilla del agua en Alcudia. Tres disciplinas, tres distancias por delante. Y un miedo al mar que llevo conmigo desde que tengo uso de razón.

Es curioso lo de los miedos. No vienen de un trauma — yo al menos no recuerdo ninguno. Vienen de la sensación de no controlar. Me pasa con las alturas. Con los animales. Con las olas. Cuando algo se escapa de mi gestión, mi cuerpo se tensa y mi cabeza pide volver a tierra firme.

Pero ahí estaba. Otra vez.

El triatlón llegó después de pararnos

Yo venía del fitness y del tenis. Toda la vida haciendo deporte, pero nunca los tres del triatlón. Lo de nadar, pedalear y correr — y encima en ese orden — me sonaba a otro mundo.

En agosto de 2020, cuando salimos del confinamiento más duro, alguien me habló del triatlón. Me apunté casi sin entrenar a un sprint en octubre. Me encantó.

No sé exactamente qué se desbloqueó en mí. Pero algo de aquel parón forzado, de aquel "no puedes hacer lo de siempre", me abrió una puerta y empecé a descubrir un mundo nuevo.

Tres años después estaba en mi primer Ironman 70.3 en Calella-Barcelona. Disfruté, sufrí, aprendí. Salí pensando que ya sabía cómo iba esto.

Lo que creía que sabía

El segundo iba a ser en 2024. A última hora decidí no hacerlo.

Cuando volví a inscribirme para 2026 pensaba que estaba mejor preparado que la primera vez. Entre medias había hecho medias maratones, otros triatlones más cortos. Más experiencia, más rodaje. La lógica decía que iría mejor.

La realidad decidió otra cosa.

Empecé con dolores demasiado temprano. La carrera fue un calvario. Y me bajé de la bici cojeando.

El momento en que casi lo dejo

Cuando me bajé de la bici e iba cojo estaba decidido a dejarlo ahí. No había necesidad. Tenía la excusa perfecta — me dolía, llevaba unas cuantas horas, nadie iba a juzgarme. Podía haber parado con la cabeza alta.

Pero, casi sin darme cuenta, me calcé las zapatillas de correr.

Las sentí cómodas.

Y eché a andar hacia el inicio del segmento de carrera. Con media maratón por delante. Cojeando.

No fue una decisión heroica. No me dije "voy a por ello". No hubo música épica de fondo. Fue algo más simple y raro: me puse las zapatillas porque era lo que tocaba, ponerse las zapatillas. Y eché a andar porque era lo que tocaba, andar.

A veces la disciplina no es fuerza de voluntad. Es no tener un plan B.

Lo que aprendí en el agua que sirve fuera del agua

Toda la mañana, desde antes de la salida, había estado repitiéndome lo mismo que llevo años aprendiendo: la cabeza manda sobre el cuerpo. Si tienes la suerte de conocer el tuyo, puedes lidiar con casi cualquier contratiempo.

Pero hay algo que no aparece en los manuales de entrenamiento y que solo se aprende a fuerza de seguir adelante.

La diferencia entre el primero y el segundo no la marcó mi forma física. La marcó conocerme. Saber qué señales me da mi cuerpo cuando estoy yendo demasiado rápido. Saber en qué punto está mi hidratación a la cuarta hora. Saber a qué se parece exactamente el dolor que puedo aguantar y a qué el que va a ir a peor.

Eso no se entrena en una sola temporada. Eso son años escuchándose.

Y eso — el conocimiento honesto de uno mismo — es lo que distingue al que aguanta del que abandona. No solo en triatlón. En todo.

Tres lecciones que me traigo del agua a la mesa

Cuando vuelvo a mi vida normal — al despacho, a casa, a las situaciones complejas que todos vivimos — me traigo conmigo tres cosas que constaté en Alcudia.

Disciplina. Hacer lo que toca cuando toca. Aunque no haya ganas. Aunque no haya motivación. Sobre todo, cuando no hay motivación. La motivación es la chispa. La disciplina es el motor.

Humildad. Aprender cada día y no dar nada por seguro. La trampa del segundo Ironman fue creer que ya sabía. Saber es siempre provisional.

Respeto. Hacia la vida y hacia los demás. Cuando uno reconoce que está a merced del agua, del viento, del cuerpo, deja de tratar a la gente como si pudiera controlarla.

Y una cuarta — esta no entra en las grandes palabras, pero es la más práctica de todas: valoro mucho mejor mi tiempo. Cuando le has dedicado tantas horas de entrenamiento a una sola mañana de mayo, aprendes a no malgastar tardes enteras en lo que no importa. Familia primero. Estudio después. Trabajo en el horario que toca.

Las 24 horas del día dan para mucho. Solo hay que decidir qué entra y qué se queda fuera.

Cruzando la meta

Crucé la meta de aquel segundo Ironman 70.3 con una emoción incontenible. No me creía que lo hubiera hecho.

Estaba mi familia y algunos amigos esperándome. No tenía palabras. Me desmoroné.

No fue una victoria de cronómetro. Fue la victoria de no haber elegido la opción fácil. La de saber que cuando me bajé de la bici cojeando y casi me rindo, alguien dentro de mí — el mismo que se mete en el mar a pesar del miedo — dijo "pues vamos a andar".

Esa voz también está dentro de ti. La uses para correr una media maratón, para tener una conversación que llevas seis meses posponiendo, o para empezar el proyecto que llevas tres años aplazando. Es la misma voz.

Lo único que pide es que te calces las zapatillas.

Marc Domínguez cruzando la meta del Ironman 70.3 de Alcudia con el gesto del Spider-Man con ambas manos
Cruzando la meta. Ironman 70.3 Alcudia · 9 de mayo de 2026

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